RURALIDAD DE CÓRDOBA: ASOLADA EL 96,46%
- mileniolarevista
- 21 feb
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¡Qué hacemos..! ¿Dónde vamos? ¡Mire usted mismo! ¿Esto le parece vida? Son, entre muchas las palabras atragantadas salidas de campesinos, padres de familias y agricultores del 87,76% del territorio rural del Departamento de Córdoba.
Interrogaciones que suele hacer cualquier vecino de la ruralidad, sin importar que punto de ubicación geográfica sea. Las imágenes horrorosas pareciesen tiempos coloniales, en que el indio atravesaba los bosques huyendo de los españoles, por temores a robársele su hija, quemarle el rancho y jarrearse el oro sacado de las quebradas.
CRÓNICA: HUGO MIGUEL BUELVAS POSADA
Lo patético del asunto, el encierro sin salida del gentío o la muchedumbre, debido la intranquilidad asfixiada dada el estado de las vías terciarias. El caso es penoso y cruel, donde el paso de algún vehículo automotor, incluso Mula u otro animal de carga resultan imposibles andar sobre la superficie atollada, tanto por barriales y terroneras.
¿Cómo pudimos penetrar a los escabrosos sitios? Andando, ratos en motos, a lomo de mulas y de a pie. Esquivando las partes de huecos hondos y lagunitas. Con la mochila a los hombros, la gorrita y una toalla, protegiendo el inclemente sol.
Juana Ambrosia y Mariano Eugenio, compadres de sacramentos perdidos años atrás, nos contactaron desde el Cerro Las Brujas, lugar al que pernotamos en primer momento. Su odisea, algo como la pieza del “Compae Migue”, perdido en la montaña. Esta pareja, año tras año, conviven a las penas de la naturaleza. Escuchando el cantar de pajaritos, pero sin conocer la claridad de una vela encendida siquiera.
El sueño nos pegó alta la noche, refiriendo cuentos de su vivir en tinieblas y soledad. Masticando trocitos de panela y empecinándonos sorbos de agua de pozo fresca y agradable. Por las horas de madrugada saltamos de una hamaca de cepas de plátanos, caminamos al oscuro, solo percibiendo la nada en el ser.
Al amanecer del día siguiente, los compadres nos invitan a caminar pisando rastrojos y con el sol fuerte, llegamos a un pueblito de pocas casitas salteadas. Un caminito empinado reflejando arboleda y lomas altas, las mulas quejaban
Allá, en lo alto, quedaba el valle de un arroyito. Una travesía a lomo de mulos para ir o llegar a unas parcelas de labriegos desprotegidos por los gobiernos, gobernantes, congresistas y todo el andamiaje del Estado.
Como en la Patagonia, oíamos el pito de carros. Allí, pegados sobre la falda del Cerro Pando, nos tiramos a descansar. Prosiguiendo la ruta hasta donde sonaban los pitos.
Bastante retirado percibíamos griterías y bullas. Era el desasosiego de pasajeros venidos bordeando caminitos remendados con piedras, pero tupidos de barros. Desde partes lejanas. Atollados como en los tiempos del año 50, por lares cerca al río Sinú, entre Montería y Cereté.
Dentro del bus de escalera, viajaban pasajeros llamados cristianos, unos con las caras tapadas y otros, descifrando palabras encomendadas a Dios. Parecido el indio Iñigo, para quien, el río era su Dios.
Javier, de acento paisa, casi nos tumba con un costal de yuca atestadito tirado a los hombros. Este hombre, propietario de una parcelita, saca de a pie tardando horas un bulto por cada 24 horas, hasta donde pasa un carro.
Mucha de esta gente viviendo oculta, en tiempos de elecciones, decirse alrededor de 500, distribuidas en veredas, ceduladas, no se mosquean por salir a sufragar en las urnas de sitios más bien, desconocidos. Los compadres, Juana y Mariano, aseguran sí alertar la vecindad por votar en las elecciones venideras.
Sobre un vasto territorio rural cordobés, nadie conoce que es un maestro de escuela o un médico. Así suele vivir la gran mayoría del habitante rural del Departamento de Córdoba.
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